No fue un golpe… fue un golpecito…
Aquí y en la China, lo que acaba de suceder en Honduras fue un golpe de estado, eso ni se discute, ahora bien ¿Qué tiene de particular esta maniobra irregular? Sucede que los golpes de estado se consideran desde el punto de vista jurídico y moral, acciones censurables propias de sociedades fallidas que no confían en su propio régimen legal para dirimir las diferencias de gobierno. Supuestamente las naciones han evolucionado hacia convenciones democráticas que les permiten el debate, la contradicción y la disputa en un marco regular de normas que son de conocimiento público. Supuestamente los gobiernos son capaces de establecer un clima propicio para controlar así los acuerdos como las discrepancias sin tener que llegar a los colmillos. Desde esta perspectiva, los golpes vienen a ser además de vergonzosos, inconvenientes.  Ahora bien ¿qué sucede cuando las anarquías son promovidas desde el poder mismo? ¿Qué hacer cuando los mismos mandatarios trabajan sin fatiga para descomponer los “contratos sociales” que teóricamente se sustentan en la credibilidad de los gobernantes? Por lo menos en América Latina, lo único que está a la vista es un golpe de estado. Cuando nadie propone algo mejor entonces los grupos ofendidos rebasan la conducta discrecional y se atreven a embestir las autoridades legítimas en nombre de un lema preponderantemente “justificado”.

Aunque los golpes no gozan de buena reputación, hay un par de cosas que podemos alegar en su defensa, lo primero es que depuran y agilizan a los países cuando estos dan señales de adormecimiento.
Si la comparación vale, son un electroshock que activa respuestas en sociedades desmayadas. Lo segundo es que ponen en evidencia la inoperancia de las democracias. Denis Tocqueville decía que el más sombrío defecto de la democracia  es que valida y justifica la mediocridad. Nuestro culto a la democracia no proviene necesariamente de que la democracia tenga garantías de equidad, sino, de que la democracia teóricamente garantiza los acuerdos. Por lo tanto, si la máxima expresión de un acuerdo es la elección de un gobernante ¿no es el “golpe de estado” la más violenta ruptura de dicho acuerdo? Pero a la vez ¿si “un presidente” es el principal garante de dichos acuerdos, cómo interpretar las violaciones a la ley orquestadas con alevosía y ventaja desde el poder? quizá no todos los golpes de estado estaban debidamente justificados, pero en su gran mayoría los golpes se han efectuado contra gobernantes mediocres. Por lo menos yo, no conozco ningún caso en el cual se haya quitado a un gobernante por bueno. Si me remito a los hechos, Julio Lozano fue defenestrado por abusivo. Villeda Morales por intransigente. López Arellano por corrupto. Melgar Castro por arbitrario y Manuel Zelaya por bribón. Que los golpes no son elegantes porque tienen un agrio condimento militar, es verdad, pero si no hubieran golpes, los políticos irresponsables tendrían visa indefinida para auto elegirse y  auto endiosarse.